Ya queda menos para la esperada cita con Bolonia. En septiembre las universidades se van a
modernizar con la llegada de los tan comentados
GRADOS. A simple vista la idea parecía buena: un proyecto europeo de educación superior común para todos los países. Esto facilitaría movernos por cualquier país sujeto al
Plan Bolonia con la garantía de que nuestros estudios tendrán total validez allí donde vayamos. Un gran proyecto que, después de sus primeros pasos, empezó a generar comentarios y críticas. En algunos casos, también provocó movimientos estudiantiles en distintas universidades españolas y, del mismo modo, supongo que en el resto de Europa sucederían cosas parecidas.
Para empezar, podemos decir que los planes de las carreras cambian, y mucho. En el caso de las diplomaturas desaparecen como tal y ganan un año, es decir, de tres años pasan a durar cuatro. La pregunta es inevitable: si antes bastaba con tres años, ¿por qué ahora se necesitan cuatro? Continuemos con las licenciaturas, estas titulaciones no pierden ninguno de sus años, es decir, siguen establecidas en cuatro cursos. Entonces, ¿por qué adaptarlas? Esto implica que el gasto por alumno sea mayor, ya que prolongar las titulaciones un año más supone mayor número de créditos y, por tanto, una matrícula más elevada.
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